Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 970 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 16 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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Agradeciendo la visita

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Entrega Libro a Irupé

El  libro de Recetas de los 125 años siempre es bienvenido a la hora de hacer un obsequio para quienes visitan nuestra localidad.

Es por eso, que una vez más, lo hemos elegido, junto con la bandera de Nico Batlle, para entregar como recuerdo a Irupé Alzogaray, quien presentara en  representación de su mamá, la escritora Isabel Hernández Tibau, el libro “Gorriones de la Plaza”, el 10 de Mayo próximo pasado.

Un rasgo de nuestra identidad que se difunde, llevando a aquellos que lo reciben, un poquito de lo nuestro, sabores,  perfumes y nombres de quienes vivimos aquí, que traerán seguramente innumerables recuerdos a quienes han sido parte de nuestra historia al hojear sus páginas y degustar sus platos.

Recordemos cómo fue el momento en que fue compartido con las 125 mujeres que participaron en este proyecto: Presentación del libro 125 años, 125 mujeres, 125 recetas

Gracias a Sandro Furtado por la imagen.

Llegó “GORRIONES DE LA PLAZA”

Nicobatlle, rinconcito de Uruguay

P1030555 El sábado 10 llegó a Nico Batlle este libro que viene a sumarse a la biblioteca municipal como un eslabón más de nuestra identidad local. No es un libro de Historia, como nos decía Irupé Alzogaray Hernández, (quien aparece en la foto). Es un libro que armoniza recuerdos de la infancia de su autora, con hilos de una ficción muy bien lograda. Encontraremos en él imágenes, personajes y lugares reconocibles y otros tal cual los conocemos hoy, como marco  de las historias de vida de Isabel,  “Isabelita” como solían llamarla en su infancia, en algunos casos personaje central de las anécdotas. P1030592 La Casa de la Cultura abrió sus puertas para esta Presentación, donde se compartieron fragmentos de las historias de “GORRIONES DE LA PLAZA “, gentilmente grabadas por  el  Dr. Jorge Spatakis, locutor profesional.  Una nota diferente que nos acercó de la mejor manera a los relatos. algunos de ellos…

Ver la entrada original 138 palabras más

Presentación de “GORRIONES DE LA PLAZA” en Nico Batlle

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gorriones en la plaza

Una nueva oportunidad para acercarnos a nuestras raíces: Se presenta el sábado 10 de Mayo un libro que tiene como marco de sus historias, a Nico Batlle.

 Isabel Hernández Tibau, la autora, en  sus tiempos de juventud solía visitar a su familia por estos parajes, y el recuerdo de esos momentos la llevó  a escribir estas historias que llevaba en su corazón, y no había compartido hasta hoy.

La vida ha querido que surgiera un contacto que la motivó a publicar este libro: “GORRIONES DE LA PLAZA“;  sin duda nos sorprenderemos compartiendo lugares, sonidos e imágenes que son muy nuestras, pero también de ella, y de tantos que han pasado por este “rinconcito” que los ha atrapado.

Este libro, prologado por Toni Ibanyes, escritor catalán, es una colección de cinco relatos con un hilo conductor, que despertará emociones y nos retrotraerá en el tiempo.

Agradecemos a Isabel por este regalo, y a Irupé, su hija, quien será la encargada de la presentación. Un momento grato para reunirnos y compartir historias de vida.

Sábado 10 de Mayo, Casa  de la Cultura de Nico Pérez-José Batlle y Ordóñez.

 

 

 

Gorriones de la plaza

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gorriones en la plaza

Salió a la luz el primer libro de Isabel, ambientado en nuestro rinconcito, Nicobatlle.

La plaza Figari, que tanto tendría para contar si pudiese hablar, ha sido  el escenario de uno de los relatos que aparecen aquí, reviviendo  instantes de su infancia que han quedado grabados a fuego en su memoria.

“…Son textos que describen detalladamente la época, el lugar y sus gentes. Llama la atención que el título de cada relato sea un nombre propio, lo cual ya nos indica la importancia que para la autora tienen las personas. Don Juan (que es un avestruz!), el manco Casildo, la Srta. Lucía, Doña Práxedes, Adela, Roberto, Marcela, Rudecindo, Olázabal, Dimitri, Tufic, Serafina… Toda una nómina de personajes entrañables que nos acompañan a lo largo y ancho de estas páginas, cada cual con sus peculiaridades…”.(del prólogo de

En este año 2014 estaremos acercando el libro, ya que será presentado en nuestro medio.

Dejamos aquí un enlace donde se puede disfrutar de la lectura de una de sus creaciones:

tens un racó dalt del món

Club Concordia

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Club Concordia

Don Pérez Baile

La manito de bronce del llamador golpeó dos veces con fuerza en la puerta del zaguán.

-¡Fijate quien es!-, se oyó la voz de mi tía, a lo que enseguida contestó Serafina (trabajaba en casa): -¡Es don Pérez Baile!

Ni bien entró, yo llegué corriendo y me frené junto a él. Se rio y como hacía siempre, me revolvió el pelo y me dijo:

-¿Cómo vamos hoy?, pequeña.

-Muy bien y usted?

-Bien, bien.-, dijo, y entramos.

Yo esperaba entusiasmada que viniera, porque ya había llegado la invitación del Club Concordia para los bailes de carnaval. A mí y a todos los chiquilines nos tenía en el aire aquello del carnaval, porque de alguna manera también teníamos nuestro lugarcito.

La presencia de don Pérez Baile era infaltable en cada evento que se organizaba en el pueblo.

Era un español que no sé por qué razón había recalado en nuestro pueblo.

Todos lo queríamos mucho y respetábamos sus conocimientos de teatro, de zarzuela, de todo espectáculo que se planeara, ya que él había tenido su trayectoria en esos temas en España.

En este caso venía a preparar a un grupo de amigos que irían a los bailes del Club.

La invitación venía con días de anticipación, porque cada día de la semana el baile tenía un tema diferente y para eso se necesitaban diferentes disfraces. Estaba, por ejemplo, el baile de los escolares y allá iban todos de túnica y moña azul con aquellas carteras de cuero con correa larga que atravesaba el pecho, además de útiles como reglas y compases de tamaño enorme, y algunos ¡con orejas de burro!

Otro día, el de los gitanos. ¡precioso! El de los bebés, con pañales arriba de los pantalones, chupetes y gorritas, escarpines, etc.

Los temas eran muy variados y divertidos. En fin, eran nueve días de alegría y mucha diversión.

El Club se engalanaba con cintas de papel de colores que iban de lado a lado del salón. En el hall de entrada, contra la pared, se ponían bolsas grandes de papelitos y serpentinas de las cuales se sacaba una bolsa de papel y se le daba a cada persona una y varios rollos de serpentinas. Luego con el correr de la noche ya se había formado como un techo de tantas serpentinas entrelazadas y los papelitos llegaban a cubrir los pies hasta el tobillo! Era increíble!!!

Había una sola cosa que no me gustaba; eran unos pomos de vidrio finito que atomizaban éter sobre las personas, no siempre con buen resultado.

Bueno, para preparar todo lo necesario para los disfraces y las caracterizaciones, el maquillaje, pelucas, caretas, antifaces, y demás era que estaba allí don Pérez Baile.

Hacía un trabajo ¡impresionante! Las personas iban cambiando en sus manos al punto de no ser reconocibles. Cuando ya todos estaban prontos, don Pérez Baile me agarraba de una mano y me hacía levantar del banquito en que había estado

sentada desde que había empezado su trabajo y me decía muy serio: –Ahora tú, guapa. Vamos a retocar un poco ese maquillaje-. Y allí nomás me pasaba por la cara un pincel muy suave y perfumado, que hacía que mis cachetes se vieran como dos manzanas, y luego me pintaba un poquito los labios de rosadito. Me hacía dos trencitas (colas de ratón) a las que remataba con dos florcitas.

Yo lo miraba hacer todo aquello como quien ve a un mago hacer sus trucos, sin descubrir cómo lo hacía. Entonces sí se sonreía y tomándome de nuevo de la mano, me hacía girar alrededor y decía:-¡Maja, Maja!

Me duraba poco. Antes de ir al baile, me hacían lavar la cara. Ahhh… Pero aún el Club Concordia nos esperaba para el baile infantil donde era TODO nuestro.

Muchísimos globos de colores, matracas, chifles, y las infaltables serpentinas y papelitos. Bailábamos en grupos, jugábamos, corríamos tanto, tanto!, que al volver a casa caía sobre la cama, aún disfrazada y me dormía atravesada y con las piernas colgando.

Los bailes de los grandes eran un éxito y nosotros los chicos, por supuesto, aprovechábamos que todos estaban tan entretenidos, para ir a la parte de arriba y desde allí tirar papelitos y serpentinas a gusto. Pero… En un momento se nos ocurrió ¡semejante travesura! Nos escapamos corriendo hasta el Club Uruguay donde también había baile. Mirábamos desde la entrada quiénes estaban, cómo bailaban y todo, y volvíamos otra vez corriendo. Nunca nos descubrieron… y ahora… ahora ya es tarde. Ya pasó. Quedó sólo el recuerdo que aún me hace reír.

PérezBaile

Pascual Pérez Baile, única imagen que poseemos de este artista que dejó su huella en la generación que lo conoció. Haz clic en la imagen para conocer más de él.

Parecía que el Club Concordia se divertía junto con nosotros, lleno de colores, de música y de baile. Liberando la fantasía de aquellas personas tan serias y tan compuestas el resto del año.

…en el Club Concordia a las 19 horas…

Nueve de la mañana.

Recién terminaba de desayunar y ya mi tía me estaba diciendo: – Vamos, vamos, sin pereza que se va la hora…-.

Es que yo estudiaba piano con mis dos tías: Teresita (Tití, que era quien me estaba apurando, y tía Nelly que era concertista y pasaba el día practicando las obras de su próximo concierto. Yo tenía el piano para mí de nueve a doce. Luego almorzaba y salía apurada para la escuela.

Me gustaba mucho tocar el piano y por eso no me costaba levantarme temprano.

Día tras día aprendía y practicaba. Quería llegar a tocar como tía Nelly.

Unos meses después, tres de sus alumnas daríamos una audición de piano y estábamos muy entusiasmadas, pero también bastante nerviositas…

¡Llegó el día!!

Se habían repartido las invitaciones y estaba todo pronto.

Un buen rato antes de la hora estábamos con nuestros vestidos nuevos y demás, preparadas para salir al escenario donde habían puesto el piano y tres canastas con flores. Rosas.

Espiábamos por unos agujeritos que tenía el telón de terciopelo bordeau y veíamos cómo se iban ocupando las butacas… ¡y se llenó la sala!

A la hora exacta, tía Nelly nos calmó un poco y nos dijo: -Bueno, ahora van a mostrar lo que aprendieron y lo van a hacer muy bien, ¡porque estudiaron mucho!

Me agarró de la mano y me acercó a la salida al escenario. Como yo era la más chica, me tocaba ser la primera, ya que la dificultad de lo que tocaríamos iría en aumento con el tiempo de estudio que tuviéramos.

Caminé por el escenario hasta llegar al piano, saludé inclinándome un poquito y me senté, no sin antes acomodar mi vestido ¡tan bonito!

Me apreté las manos una con otra, suspiré y me dije para adentro: -¡Ahora voy a tocar como tía Nelly!

Una tras otra fueron pasando las obras del programa y con cada una me aplaudían y yo iba sintiéndome más tranquila… hasta que llegué al final de mi parte.

La gente me aplaudía mucho y yo me levanté,caminé dos pasos, me incliné dos o tres veces(todo esto lo habíamos ensayado antes en casa)y salí del escenario oyendo todavía los aplausos.

Tía Nelly estaba muy contenta y también Tití y ni decir mi abuela que se emocionó y dejó correr alguna lagrimita.

Las tres alumnas pasamos muy bien aquella prueba y todas estábamos felices de que les hubiera gustado.

Fue en ese momento, cuando ya no quedaban más que unas pocas personas, que me fui de nuevo al escenario, despacito, me paré en el medio y de frente a las butacas, recorrí con los ojos ¡todo!

Las paredes, la puerta, la parte de arriba, donde también había habido gente.

Algunas personas estaban aún conversando en la puerta de entrada. Giré, miré el piano, me acerqué. Aún tenía la tapa del teclado levantada y pasé la mano todo a lo largo, tecla por tecla y sentí cariño, mucho cariño… ¡por todo!

Me sonreí y fui hasta los tres canastos de flores que habían adornado el escenario, y saqué una rosa de cada uno…para darle una a mi abuela, otra a tía Nelly y otra a Tití.

El Club Concordia me había abierto sus brazos para hacerme realidad mi sueño chiquito, que también guardo en mi memoria y mi corazón, envuelto en un riquísimo perfume de tres rosas, una con tres lagrimitas…

¿Futuros artistas?

El Club Concordia estaba siempre presente.

Cuando yo estaba en 6º año de escuela, el profesor de gimnasia, Juan Carlos Arteaga, también nos daba clases de dibujo.

Sobre el fin de año, nos propuso hacer una exposición, con lo cual todos estuvimos de acuerdo.

Para ello, el profesor nos leyó poemas de Fernán Silva Valdez y cada uno debía pasar lo que se imaginaba a su “obra”. A mí me tocó “La tapera”, y me alegré porque ya me la estaba imaginando.

A los pocos días ya todos habíamos terminado los trabajos y allá marchamos a preparar la exposición que estaría por cinco días ¿dónde? En el Club Concordia, otra vez ofreciéndonos su amplio salón.

Aún tengo guardado por ahí, en algún lugar, mi dibujo.

Fue muy lindo ver cómo cada día que duró la exposición siempre hubo grupos de personas recorriendo cada cuadro. ¡Nos sentimos verdaderos “artistas”!

Y así el Club Concordia siempre estaba a la orden para toda clase de actividad.

Allí se realizaban conferencias, charlas, se reunía el Rotary Club, se daban los exámenes de piano. Venían de Montevideo profesores de dos conservatorios. El primero fue el de los Giucci y después el Kolischer. Año tras año nos presentábamos hasta que terminamos la carrera y mis tías vieron sus esfuerzos dando frutos.

Hasta hoy suelo sentarme al piano y me dejo llevar por cada partitura, a través de los años, viendo a cada uno de los que estudiábamos, y sintiendo sus voces y las de mis tías dando las instrucciones.

A veces pienso también que si uno entrara hoy al querido Club Concordia, sentiría encerrada entre sus paredes aquellos estudios que se oían año a año dejando el aire impregnado de música.

Club Concordia: ¡Lo máximo!

Pero cuando se ponía realmente activo nuestro Club era los jueves y los fines de semana.

El jueves desde la mañana, recorría el pueblo un auto con parlante anunciando las películas que se pasarían esa noche. ¡Se llenaba!

Los sábados igual. ¡Y los domingos eran lo máximo!

Tempranito de la tarde teníamos la ”matinée”, con una película tras otra, de vaqueros, de aventuras, dibujos, cómicas, etc. Pero a las seis se terminaba; se retiraban las hileras de butacas y se ponían mesas y sillas, porque a las siete empezaba “la vermouth”, con su orquesta en el fondo del salón y la pista despejada para los bailarines. También se llenaba.

De la orquesta recuerdo a Rémolo Maffioli, con su bandoneón y a Otto Sadner tocando el violín y otros cuyo nombre lamento no recordar. Sí recuerdo que a determinada hora tocaban un pasodoble (ya me acordaré algún día cómo se llamaba) y que era la señal de que se terminaba el baile y había que salir ligerito para que nuevamente se quitaran las mesas y sillas y se pusieran las hileras de butacas porque venía el cine.

Y así se hacía. La gente iba apurada a su casa, cenaba corriendo y volvía para ver las películas anunciadas en las calles con el altoparlante, como todas las semanas.

¿Habría un lugar más receptivo para aquel pueblo?

Era aquel, el Club Concordia, el punto de reunión para todos, para distintas cosas que animaban a la gente a estar activos, a verse, a divertirse, a dar servicios siempre que se necesitaba. Allí se hacían desde las kermeses de la escuela y el liceo hasta fiestas de quince años. ¡Y teatro!

Club Concordia… Con su cantina, su billar… ¡Y sus helados de cucurucho!

Un pilar firme a través del tiempo donde apoyar la inquieta sociedad de mi pueblo querido.

Por lo que he visto, está en buenas manos, muy remozado y eso porque sigue siendo, aunque parezca contradicción, el mismo Club Concordia. Siempre y a lo largo del tiempo tan querido.

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Imagen del Club durante la realización del Raíd Federado Libertad o Muerte

* El Club Concordia fue fundado el 25 de Marzo de 1906 e inaugurado el 12 de Octubre de 1906.

Isabel Hernández

Isabel.Hernandez.Tibau@gmail.com

Próxima estación…¡Nico Pérez!

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El guarda avanzaba por el centro del coche gritando: ¡boletos, boletos! y mientras avanzaba iba marcando con una pincita unos cartoncitos que todos sacaban de sus bolsillos y carteras.

Confieso que a esto yo le tenía un poco de miedo. No me gustaba aquella pinza que el guarda levantaba en el aire como una amenaza, abriéndola y cerrándola con chasquiditos, y por más que mi abuela me explicara… no me gustaba ¡nada!

En cambio, cuando se paraba en la puerta y desde ahí gritaba: -Próxima estación…¡Nico Pérez!-, allí daba rienda suelta a mi alegría y ya empezaba a guardar en mi bolsito todas las cosas que tenía sobre la mesa: libros de cuentos, una libretita en la que dibujaba todo lo que veía, los lápices de colores y por supuesto las galletitas y caramelos que aún me quedaban.

Mi abuela se reía y trataba de calmar mi ansiedad: -Todavía falta un poquito!- me decía. Pero yo ya quería llegar y de ahí mi apuro.

Yo viajaba de Montevideo a Nico Pérez desde antes de fijar recuerdos, era muy chiquita…

Pero entre mis primeras vivencias de estos viajes, me veo hincada, de rodillas en el asiento, con la cara casi pegada al vidrio de la ventanilla mirando aquel campo enorme, sin límites, que nos rodeaba ¡tan verde! como una alfombra que se levantaba a veces un poquito formando una loma.

Había muchas, muchas cosas para mirar y yo no paraba de preguntar.

La abuela me explicaba todo con voz de cuento mientras yo guardaba todo en mi cabeza..

_¡Mirá aquellas ovejitas!, ¿no te parecen nubecitas?, están comiendo pasto con la mamá._

Y así, lo mismo con cada animalito. Todos llevaban su comentario y yo quería gestionarme alguno para llevarlo conmigo.

Así, a través de ella, iba acumulando datos, imágenes. perfumes del campo, flores, árboles gente, también estancias que veíamos lejanas y hasta ranchitos con su árbol dándoles sombra, cerca de las vias

Todo me lo grabó ella en los ojos y el corazón y allí permaneció hasta ahora.

Este fue el comienzo de mi cariño por los trenes.

Seguí viajando y creciendo.

Ya empezaba a viajar sola.

Recuerdo que el coche de la mañana salía de Montevideo, temprano, en invierno aun era de noche, atravesaba parte de la ciudad y en poco tiempo más, ya empezaba el campo en la oscuridad, cosa que a mí me gustaba mucho porque me dejaba ver las lucecitas a lo lejos, muy lejos. A veces alguna se movía y era porque un auto iba por algún camino y al pasar por una bajada o monte desaparecía la luz, pero al rato allí estaba otra vez.

También sabía que cuando las luces empezaban a verse más seguido era porque estábamos acercándonos a algún pueblo.

Me gustaba quedarme muy quieta mirando el cielo, negro, lleno de estrellas y aquella luna preciosa que viajaba con nosotros hasta que tocaba el turno al sol.

¡Qué maravilla el amanecer en el campo! ¡Siempre una nueva pintura!

A veces cubriendo todo el horizonte de colores, otras el sol se asomaba como espiando por detrás de un cerro o de los árboles.

De pronto todo se despertaba. El campo entero madrugaba. Era una fiesta; los pájaros iban y venían en bandadas, piando, el ganado yendo camino de alguna aguada, la gente comenzando tempranito las rudas tareas del campo, y las chimeneas empezaban a escribir con humo de pan, la historia de un nuevo día.

También me gustaban muchísimo los atardeceres, con un sol perezoso que se agarraba a los bordes del horizonte y se desangraba en mil colores… Sin embargo me dejaba cierta tristeza, aunque me prometiera volver mañana…

Ahora valoro enormemente todo eso. Ningún museo de arte pudo mostrarme nunca tantos cuadros maravillosos. En cada viaje eran distintos. Y ninguna música sonó tan magnífica como los trinos, los cantos de los pájaros, las llamadas de todas las criaturas del campo. El sonido de los truenos y la lluvia repiqueteando los vidrios del tren… Era una sinfonía con los mejores intérpretes de la naturaleza… Y para disfrutar de todo eso, sólo había que tomarse el tren y ver por la ventanilla, si se ponía la nariz pegada al vidrio ¡mejor!

Algunos pasajeros jugaban a las cartas, otros leían, otros dormían y algunos como yo, mirábamos para afuera, hamacados por el ruido monótono de las ruedas sobre los rieles y el balanceo suave que ayudaba a que uno viera todo como un sueño…

En esa época, los coches pertenecían a una compañía inglesa

Tenían un servicio de comidas. Llevaban un cocinero que en una pequeña cocina preparaba los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas

Me gustaba mucho ver cómo el mozo –impecable- preparaba las mesas con un mantel blanquísimo y almidonado, los cubiertos brillantes al igual que los vasos, una panera surtida y la vajilla blanca con filetes azules, todo, todo, muy a la inglesa!

El viaje era de maravilla, se disfrutaba.

Yo había aprendido con mi abuela el nombre de todas y cada una de las estaciones y de las dos paradas del trayecto y cuando faltaban dos, el corazón se me aceleraba y ¡ya! quería llegar, como cuando era chiquita.

Empezaban a aparecer algunas casas esparcidas en los bordes del pueblo. Luego las casitas con techos de zinc pintados de verde inglés con sus jardincitos y su portón de entrada. Allí vivían los empleados del ferrocarril, Era de lo primero que se veía. Aquellos obreros fuertes, maniobrando con los rieles y las máquinas que debían cambiar de vía. También saltaba a la vista aquel tanque enorme de agua que esperaba de pie como un soldado, ser requerido para servir.

¡Y allí enseguida estaba la estación! El andén amplio, los dos bancos largos, pintados también de verde inglés, la campana colgando al lado de la entrada, la que el jefe de la estación hacía sonar para dar salida a los trenes… además de pitar con fuerza!

La gente yendo y viniendo, y allí estaba yo, por fin! Un viaje más!!

Aquellos trenes corriendo por las vías eran como la sangre corriendo por las venas, dándoles vida a todos aquellos pueblos grandes y chicos, ciudades, puntos donde se reunían los afectos y las necesidades de las personas

Conocí dos épocas: la primera el motor car, la segunda el ferrocarril. Distintos, pero igualmente emocionantes y sobre todo muy, muy, pero muy necesarios!

Había también algo que me gustaba mucho y no sólo a mí.

Todos los días, una vez de mañana y otra de tarde se oía la bocina repetida del ómnibus de Peregalli que iba para la estación juntando pasajeros.

A veces, cuatro o cinco amigas conseguíamos que nos dejaran ir a esperar el tren ¡y allá íbamos!

Nos encantaba ver tanta gente para acá y para allá, o porque esperaban a alguien o porque iban a tomar el coche y nosotras en medio de todo el barullo. Claro que entre idas y venidas los ojos de los muchachos se cruzaban con las sonrisas de las jóvenes y eso era ¡toda una aventura!

Luego volvíamos con todos los detalles para comentar: quién vino, quién se fue, quién sería esa persona que no conocíamos, si Fulanito nos miró, en fin, mucho material para unos cuantos días.

Era muuuy lindo!!!

Esa estación quedó grabada en mis ojos, detalle por detalle. Tanto así que cada vez que escucho la canción Penélope inmediatamente la ubico en esa estación. Veo a esa mujer sentada en uno de los bancos verdes del anden, su ansiedad cuando ve asomar el tren y busca una persona en cada ventanilla… Me da tristeza…

Pero también me da tristeza -me duele tanto- ver esa estación que llenó una parte de mi corto pasaje por ella y me regaló tanto. Tantas cosas hermosas para llenar mis horas de recuerdos, ahora tan abandonada, tan triste, tan sola… Como Penélope…

Se quedó tan sola, se quedó sin trenes, se quedó sin sangre, se quedó sin vida…

¡Pero yo sé de milagros! Y confío.

Se que si quedan recuerdos tan hermosos se puede todavía abanicar el rescoldo y talvez brotará la llama…

Yo confío.

Sólo les conté estas cosas simples, vividas en sólo mis primeros diecisiete años de vida, porque siguen estando guardados como les dije antes, en mi memoria y en mi corazón… Por algo será…

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Las palomas y Don Soria

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Terminaba los deberes de la escuela y salía corriendo para
la plaza de deportes.
Atravesaba la otra plaza frente a la que vivía y llegaba sin
aliento a la de deportes.
Y allí estaba el portón grande, abierto de par en par como
esperando para abrazarnos.
Era como entrar en un mundo mágico, con tantas cosas! . de
todo para divertirnos!
Muchos de los chiquilines ya estaban ahí,alborotando,
corriendo queriendo agarrarse
unos a otros, jugando a la pelota,,,y a los pelotazos, unos
en los subibajas, otros en las hamacas, las grandes, porque también
había unas para los chiquitos, que tenían una maderita que se subía
para sentarlos y se bajaba después para asegurar a los valientes que
se hamacaban. También estaban los toboganes y !claro! todos queríamos
tirarnos del más alto.
Habían también unos aparatos para hacer gimnasia; unas argollas ,
unas..como escaleras que subían y bajaban, como un subi-baja pero en
el aire. Otra cosa que le decían el potro en el que los más grandes
hacían piruetas.
Los pájaros revoloteaban piando, asustados por el barullo y
porque tenían sus nidos en un árbol que había cerca de la entrada.y no
podían irse a dormir.
Aquella  era una tarde más de tantas que pasábamos bajo la
atenta mirada de Don Soria
No nos sacaba el ojo… y nosotros tampoco a él. lo
mirábamos de reojo, para saber si nos llevaba cuenta de nuestras
picardías.
Le teníamos cariño, pero… aquel UD. conque nos trataba,
nos ponía en guardia y tratábamos de no probar hasta dónde tendrían
consecuencias nuestras travesuras.
A veces se distraía un poco de nosotros porque venían unos
muchachos y muchachas y le pedían que pusiera la red, cosa que él
hacía enseguida. Ellos traían unas paletas…no! raquetas!! y unas
pelotas blancas muy suavecitas.como de paño y una vez puesta la red de
lado a lado de la cancha, casi a ras del suelo, empezaban a jugar. Y
nosotros nos arrimábamos para ver cómo era aquel juego… Pelota va,
pelota viene, alguna caída, en fin, que nuestra paciencia no dio para
mucho y como obedeciendo un silbato salimos corriendo hacie nuestros
juegos preferidos.
Yo, al mío: las palomas!.Eran unas cadenas que tenían una
argolla en la punta y colgaban de un fierro alto, muuuuy alto !
Entonces varios chiquilines nos agarrábamos una cada uno y empezábamos
a correr alrededor y cuanto más rápido lo hacíamos, más alto nos
levantábamos del piso, girando alrededor del fierro. Era lindísimo!!!
yo me imaginaba a veces que era un pájaro, otras que iba en un
avión…en fin me divertía mucho! Pero esa tarde, anduvimos tanto que
las manos me empezaron a arder y decidí bajarme, para lo cual uno se
soltaba y corría fuera del las argollas.Yo no salí a tiempo… y una
argolla me pegó en la  cabeza y me revolcó por el piso…
Traté de pararme pero estaba mareada, y en eso vi venir
corriendo a Don Soria… para qué! pensé , ahora me va a rezongar…
Los chiquilines que estaban volando junto conmigo, gritaban más que
yo, que ni para eso tenía fuerza, con semejante revolcón.
Cuando Don Soria llegó, los apartó y se agachó al lado mío, y
vio que me sangraba la cabeza… yo lo miré entre susto y pedido de
auxilio y entonces vi su cara, y era como distinta a la que nos
mostraba a los  chiquilines. Los ojos se la habían puesto tristes y
con una ternura que no le conocíamos, me agarró de una mano y me ayudó
a levantarme.Me llevó despacito hasta la casilla que había,cerca de
la entrada y donde él tenía un botiquín con algodón, frasquitos con
alcohol y vendas y otras cosas más.
Me sentó en un banquito, y apartando a los curiosos un poco,
me miró y me dijo; UD.es valiente me dijeron, no? y tenía como una
sonrisita asomándole en la cara. Yo no podía hablarle…
y me puse a llorar. a lo que se sumaron algunos . El dijo entonces, no
llore, esto no duele, sólo le voy a limpiar el chichón…
Entonces yo dije bajito: no lloro porque me duele…
entonces?, preguntó.
lloro porque no me van a dejar venir más a la plaza….
– de ninguna manera! dijo – yo no voy a dejar que me saquen ninguna de
mis palomas!!!
Entonces me lavó la herida, me puso una vendita, y me ayudó con todo
cuidado a levantarme
Ahora -dijo-, yo la voy a acompañar a su casa, me agarró de la
mano y salimos caminando despacito fuera de la plaza. Don Soria cerró
el portón con un candado y acompañados por una comitiva de unos ocho
chiquilines atravesamos otra vez la otra plaza.
Cuando llegamos, Don Soria explicó lo que había pasado y luego
se aseguró la promesa de que me iban a dejar seguir yendo a la plazal
lo cual festejaron a los gritos y con risas , toda la compañía.
Pienso ahora, pasado tanto tiempo, que nuestra alegría era por
algo más también. Todos habíamos descubierto a Don Soria. Supimos que
aquel UD. que tanto nos apocaba, era en realidad un escudo tras el
cual él escondía su sensibilidad y su ternura…. no fuera que
perdiera el control  frente a tantas travesuras que teníamos siempre a
punto de estallar, si  no hubiera sido por aquel UD. que nos mantenía
a raya.
Nunca nos dimos por enterados de que lo habíamos descubierto,
pero ya sabíamos que él
nos cuidaba porque nos quería, no sólo porque fuera el placero… nos quería-
Supe que estuvo en esa querida plaza, hasta el final de su
vida… me pregunto si él no la quiso dejar, o si fue la Plaza , quien
no quiso quedarse sin él…..y lo siguió…

Un relato verídico que guarda en su memoria Isabel.

También su hijo, Washington Soria, compartió con nosotros el recuerdo de su padre, en estas palabras: Don Soria, el placero de Batlle, que los invitamos a disfrutar.

Voz escolar

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Voz Escolar 1Voz Escolar 4Voz Escolar 2Voz Escolar 3

Este periódico que nos acercó Isabel, es testimonio de la vida social y cultural que se vivía en nuestra población en los años 40. Realizado por la Escuela Nº 4, e impreso en Talleres El Pueblo, recoge notas de sus alumnos, hoy adultos.

Un lindo recuerdo del pasado de Nico Batlle