Etiquetas

, , , ,

P1000506

El guarda avanzaba por el centro del coche gritando: ¡boletos, boletos! y mientras avanzaba iba marcando con una pincita unos cartoncitos que todos sacaban de sus bolsillos y carteras.

Confieso que a esto yo le tenía un poco de miedo. No me gustaba aquella pinza que el guarda levantaba en el aire como una amenaza, abriéndola y cerrándola con chasquiditos, y por más que mi abuela me explicara… no me gustaba ¡nada!

En cambio, cuando se paraba en la puerta y desde ahí gritaba: -Próxima estación…¡Nico Pérez!-, allí daba rienda suelta a mi alegría y ya empezaba a guardar en mi bolsito todas las cosas que tenía sobre la mesa: libros de cuentos, una libretita en la que dibujaba todo lo que veía, los lápices de colores y por supuesto las galletitas y caramelos que aún me quedaban.

Mi abuela se reía y trataba de calmar mi ansiedad: -Todavía falta un poquito!- me decía. Pero yo ya quería llegar y de ahí mi apuro.

Yo viajaba de Montevideo a Nico Pérez desde antes de fijar recuerdos, era muy chiquita…

Pero entre mis primeras vivencias de estos viajes, me veo hincada, de rodillas en el asiento, con la cara casi pegada al vidrio de la ventanilla mirando aquel campo enorme, sin límites, que nos rodeaba ¡tan verde! como una alfombra que se levantaba a veces un poquito formando una loma.

Había muchas, muchas cosas para mirar y yo no paraba de preguntar.

La abuela me explicaba todo con voz de cuento mientras yo guardaba todo en mi cabeza..

_¡Mirá aquellas ovejitas!, ¿no te parecen nubecitas?, están comiendo pasto con la mamá._

Y así, lo mismo con cada animalito. Todos llevaban su comentario y yo quería gestionarme alguno para llevarlo conmigo.

Así, a través de ella, iba acumulando datos, imágenes. perfumes del campo, flores, árboles gente, también estancias que veíamos lejanas y hasta ranchitos con su árbol dándoles sombra, cerca de las vias

Todo me lo grabó ella en los ojos y el corazón y allí permaneció hasta ahora.

Este fue el comienzo de mi cariño por los trenes.

Seguí viajando y creciendo.

Ya empezaba a viajar sola.

Recuerdo que el coche de la mañana salía de Montevideo, temprano, en invierno aun era de noche, atravesaba parte de la ciudad y en poco tiempo más, ya empezaba el campo en la oscuridad, cosa que a mí me gustaba mucho porque me dejaba ver las lucecitas a lo lejos, muy lejos. A veces alguna se movía y era porque un auto iba por algún camino y al pasar por una bajada o monte desaparecía la luz, pero al rato allí estaba otra vez.

También sabía que cuando las luces empezaban a verse más seguido era porque estábamos acercándonos a algún pueblo.

Me gustaba quedarme muy quieta mirando el cielo, negro, lleno de estrellas y aquella luna preciosa que viajaba con nosotros hasta que tocaba el turno al sol.

¡Qué maravilla el amanecer en el campo! ¡Siempre una nueva pintura!

A veces cubriendo todo el horizonte de colores, otras el sol se asomaba como espiando por detrás de un cerro o de los árboles.

De pronto todo se despertaba. El campo entero madrugaba. Era una fiesta; los pájaros iban y venían en bandadas, piando, el ganado yendo camino de alguna aguada, la gente comenzando tempranito las rudas tareas del campo, y las chimeneas empezaban a escribir con humo de pan, la historia de un nuevo día.

También me gustaban muchísimo los atardeceres, con un sol perezoso que se agarraba a los bordes del horizonte y se desangraba en mil colores… Sin embargo me dejaba cierta tristeza, aunque me prometiera volver mañana…

Ahora valoro enormemente todo eso. Ningún museo de arte pudo mostrarme nunca tantos cuadros maravillosos. En cada viaje eran distintos. Y ninguna música sonó tan magnífica como los trinos, los cantos de los pájaros, las llamadas de todas las criaturas del campo. El sonido de los truenos y la lluvia repiqueteando los vidrios del tren… Era una sinfonía con los mejores intérpretes de la naturaleza… Y para disfrutar de todo eso, sólo había que tomarse el tren y ver por la ventanilla, si se ponía la nariz pegada al vidrio ¡mejor!

Algunos pasajeros jugaban a las cartas, otros leían, otros dormían y algunos como yo, mirábamos para afuera, hamacados por el ruido monótono de las ruedas sobre los rieles y el balanceo suave que ayudaba a que uno viera todo como un sueño…

En esa época, los coches pertenecían a una compañía inglesa

Tenían un servicio de comidas. Llevaban un cocinero que en una pequeña cocina preparaba los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas

Me gustaba mucho ver cómo el mozo –impecable- preparaba las mesas con un mantel blanquísimo y almidonado, los cubiertos brillantes al igual que los vasos, una panera surtida y la vajilla blanca con filetes azules, todo, todo, muy a la inglesa!

El viaje era de maravilla, se disfrutaba.

Yo había aprendido con mi abuela el nombre de todas y cada una de las estaciones y de las dos paradas del trayecto y cuando faltaban dos, el corazón se me aceleraba y ¡ya! quería llegar, como cuando era chiquita.

Empezaban a aparecer algunas casas esparcidas en los bordes del pueblo. Luego las casitas con techos de zinc pintados de verde inglés con sus jardincitos y su portón de entrada. Allí vivían los empleados del ferrocarril, Era de lo primero que se veía. Aquellos obreros fuertes, maniobrando con los rieles y las máquinas que debían cambiar de vía. También saltaba a la vista aquel tanque enorme de agua que esperaba de pie como un soldado, ser requerido para servir.

¡Y allí enseguida estaba la estación! El andén amplio, los dos bancos largos, pintados también de verde inglés, la campana colgando al lado de la entrada, la que el jefe de la estación hacía sonar para dar salida a los trenes… además de pitar con fuerza!

La gente yendo y viniendo, y allí estaba yo, por fin! Un viaje más!!

Aquellos trenes corriendo por las vías eran como la sangre corriendo por las venas, dándoles vida a todos aquellos pueblos grandes y chicos, ciudades, puntos donde se reunían los afectos y las necesidades de las personas

Conocí dos épocas: la primera el motor car, la segunda el ferrocarril. Distintos, pero igualmente emocionantes y sobre todo muy, muy, pero muy necesarios!

Había también algo que me gustaba mucho y no sólo a mí.

Todos los días, una vez de mañana y otra de tarde se oía la bocina repetida del ómnibus de Peregalli que iba para la estación juntando pasajeros.

A veces, cuatro o cinco amigas conseguíamos que nos dejaran ir a esperar el tren ¡y allá íbamos!

Nos encantaba ver tanta gente para acá y para allá, o porque esperaban a alguien o porque iban a tomar el coche y nosotras en medio de todo el barullo. Claro que entre idas y venidas los ojos de los muchachos se cruzaban con las sonrisas de las jóvenes y eso era ¡toda una aventura!

Luego volvíamos con todos los detalles para comentar: quién vino, quién se fue, quién sería esa persona que no conocíamos, si Fulanito nos miró, en fin, mucho material para unos cuantos días.

Era muuuy lindo!!!

Esa estación quedó grabada en mis ojos, detalle por detalle. Tanto así que cada vez que escucho la canción Penélope inmediatamente la ubico en esa estación. Veo a esa mujer sentada en uno de los bancos verdes del anden, su ansiedad cuando ve asomar el tren y busca una persona en cada ventanilla… Me da tristeza…

Pero también me da tristeza -me duele tanto- ver esa estación que llenó una parte de mi corto pasaje por ella y me regaló tanto. Tantas cosas hermosas para llenar mis horas de recuerdos, ahora tan abandonada, tan triste, tan sola… Como Penélope…

Se quedó tan sola, se quedó sin trenes, se quedó sin sangre, se quedó sin vida…

¡Pero yo sé de milagros! Y confío.

Se que si quedan recuerdos tan hermosos se puede todavía abanicar el rescoldo y talvez brotará la llama…

Yo confío.

Sólo les conté estas cosas simples, vividas en sólo mis primeros diecisiete años de vida, porque siguen estando guardados como les dije antes, en mi memoria y en mi corazón… Por algo será…

P1000512

Anuncios