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Club Concordia

Don Pérez Baile

La manito de bronce del llamador golpeó dos veces con fuerza en la puerta del zaguán.

-¡Fijate quien es!-, se oyó la voz de mi tía, a lo que enseguida contestó Serafina (trabajaba en casa): -¡Es don Pérez Baile!

Ni bien entró, yo llegué corriendo y me frené junto a él. Se rio y como hacía siempre, me revolvió el pelo y me dijo:

-¿Cómo vamos hoy?, pequeña.

-Muy bien y usted?

-Bien, bien.-, dijo, y entramos.

Yo esperaba entusiasmada que viniera, porque ya había llegado la invitación del Club Concordia para los bailes de carnaval. A mí y a todos los chiquilines nos tenía en el aire aquello del carnaval, porque de alguna manera también teníamos nuestro lugarcito.

La presencia de don Pérez Baile era infaltable en cada evento que se organizaba en el pueblo.

Era un español que no sé por qué razón había recalado en nuestro pueblo.

Todos lo queríamos mucho y respetábamos sus conocimientos de teatro, de zarzuela, de todo espectáculo que se planeara, ya que él había tenido su trayectoria en esos temas en España.

En este caso venía a preparar a un grupo de amigos que irían a los bailes del Club.

La invitación venía con días de anticipación, porque cada día de la semana el baile tenía un tema diferente y para eso se necesitaban diferentes disfraces. Estaba, por ejemplo, el baile de los escolares y allá iban todos de túnica y moña azul con aquellas carteras de cuero con correa larga que atravesaba el pecho, además de útiles como reglas y compases de tamaño enorme, y algunos ¡con orejas de burro!

Otro día, el de los gitanos. ¡precioso! El de los bebés, con pañales arriba de los pantalones, chupetes y gorritas, escarpines, etc.

Los temas eran muy variados y divertidos. En fin, eran nueve días de alegría y mucha diversión.

El Club se engalanaba con cintas de papel de colores que iban de lado a lado del salón. En el hall de entrada, contra la pared, se ponían bolsas grandes de papelitos y serpentinas de las cuales se sacaba una bolsa de papel y se le daba a cada persona una y varios rollos de serpentinas. Luego con el correr de la noche ya se había formado como un techo de tantas serpentinas entrelazadas y los papelitos llegaban a cubrir los pies hasta el tobillo! Era increíble!!!

Había una sola cosa que no me gustaba; eran unos pomos de vidrio finito que atomizaban éter sobre las personas, no siempre con buen resultado.

Bueno, para preparar todo lo necesario para los disfraces y las caracterizaciones, el maquillaje, pelucas, caretas, antifaces, y demás era que estaba allí don Pérez Baile.

Hacía un trabajo ¡impresionante! Las personas iban cambiando en sus manos al punto de no ser reconocibles. Cuando ya todos estaban prontos, don Pérez Baile me agarraba de una mano y me hacía levantar del banquito en que había estado

sentada desde que había empezado su trabajo y me decía muy serio: –Ahora tú, guapa. Vamos a retocar un poco ese maquillaje-. Y allí nomás me pasaba por la cara un pincel muy suave y perfumado, que hacía que mis cachetes se vieran como dos manzanas, y luego me pintaba un poquito los labios de rosadito. Me hacía dos trencitas (colas de ratón) a las que remataba con dos florcitas.

Yo lo miraba hacer todo aquello como quien ve a un mago hacer sus trucos, sin descubrir cómo lo hacía. Entonces sí se sonreía y tomándome de nuevo de la mano, me hacía girar alrededor y decía:-¡Maja, Maja!

Me duraba poco. Antes de ir al baile, me hacían lavar la cara. Ahhh… Pero aún el Club Concordia nos esperaba para el baile infantil donde era TODO nuestro.

Muchísimos globos de colores, matracas, chifles, y las infaltables serpentinas y papelitos. Bailábamos en grupos, jugábamos, corríamos tanto, tanto!, que al volver a casa caía sobre la cama, aún disfrazada y me dormía atravesada y con las piernas colgando.

Los bailes de los grandes eran un éxito y nosotros los chicos, por supuesto, aprovechábamos que todos estaban tan entretenidos, para ir a la parte de arriba y desde allí tirar papelitos y serpentinas a gusto. Pero… En un momento se nos ocurrió ¡semejante travesura! Nos escapamos corriendo hasta el Club Uruguay donde también había baile. Mirábamos desde la entrada quiénes estaban, cómo bailaban y todo, y volvíamos otra vez corriendo. Nunca nos descubrieron… y ahora… ahora ya es tarde. Ya pasó. Quedó sólo el recuerdo que aún me hace reír.

PérezBaile

Pascual Pérez Baile, única imagen que poseemos de este artista que dejó su huella en la generación que lo conoció. Haz clic en la imagen para conocer más de él.

Parecía que el Club Concordia se divertía junto con nosotros, lleno de colores, de música y de baile. Liberando la fantasía de aquellas personas tan serias y tan compuestas el resto del año.

…en el Club Concordia a las 19 horas…

Nueve de la mañana.

Recién terminaba de desayunar y ya mi tía me estaba diciendo: – Vamos, vamos, sin pereza que se va la hora…-.

Es que yo estudiaba piano con mis dos tías: Teresita (Tití, que era quien me estaba apurando, y tía Nelly que era concertista y pasaba el día practicando las obras de su próximo concierto. Yo tenía el piano para mí de nueve a doce. Luego almorzaba y salía apurada para la escuela.

Me gustaba mucho tocar el piano y por eso no me costaba levantarme temprano.

Día tras día aprendía y practicaba. Quería llegar a tocar como tía Nelly.

Unos meses después, tres de sus alumnas daríamos una audición de piano y estábamos muy entusiasmadas, pero también bastante nerviositas…

¡Llegó el día!!

Se habían repartido las invitaciones y estaba todo pronto.

Un buen rato antes de la hora estábamos con nuestros vestidos nuevos y demás, preparadas para salir al escenario donde habían puesto el piano y tres canastas con flores. Rosas.

Espiábamos por unos agujeritos que tenía el telón de terciopelo bordeau y veíamos cómo se iban ocupando las butacas… ¡y se llenó la sala!

A la hora exacta, tía Nelly nos calmó un poco y nos dijo: -Bueno, ahora van a mostrar lo que aprendieron y lo van a hacer muy bien, ¡porque estudiaron mucho!

Me agarró de la mano y me acercó a la salida al escenario. Como yo era la más chica, me tocaba ser la primera, ya que la dificultad de lo que tocaríamos iría en aumento con el tiempo de estudio que tuviéramos.

Caminé por el escenario hasta llegar al piano, saludé inclinándome un poquito y me senté, no sin antes acomodar mi vestido ¡tan bonito!

Me apreté las manos una con otra, suspiré y me dije para adentro: -¡Ahora voy a tocar como tía Nelly!

Una tras otra fueron pasando las obras del programa y con cada una me aplaudían y yo iba sintiéndome más tranquila… hasta que llegué al final de mi parte.

La gente me aplaudía mucho y yo me levanté,caminé dos pasos, me incliné dos o tres veces(todo esto lo habíamos ensayado antes en casa)y salí del escenario oyendo todavía los aplausos.

Tía Nelly estaba muy contenta y también Tití y ni decir mi abuela que se emocionó y dejó correr alguna lagrimita.

Las tres alumnas pasamos muy bien aquella prueba y todas estábamos felices de que les hubiera gustado.

Fue en ese momento, cuando ya no quedaban más que unas pocas personas, que me fui de nuevo al escenario, despacito, me paré en el medio y de frente a las butacas, recorrí con los ojos ¡todo!

Las paredes, la puerta, la parte de arriba, donde también había habido gente.

Algunas personas estaban aún conversando en la puerta de entrada. Giré, miré el piano, me acerqué. Aún tenía la tapa del teclado levantada y pasé la mano todo a lo largo, tecla por tecla y sentí cariño, mucho cariño… ¡por todo!

Me sonreí y fui hasta los tres canastos de flores que habían adornado el escenario, y saqué una rosa de cada uno…para darle una a mi abuela, otra a tía Nelly y otra a Tití.

El Club Concordia me había abierto sus brazos para hacerme realidad mi sueño chiquito, que también guardo en mi memoria y mi corazón, envuelto en un riquísimo perfume de tres rosas, una con tres lagrimitas…

¿Futuros artistas?

El Club Concordia estaba siempre presente.

Cuando yo estaba en 6º año de escuela, el profesor de gimnasia, Juan Carlos Arteaga, también nos daba clases de dibujo.

Sobre el fin de año, nos propuso hacer una exposición, con lo cual todos estuvimos de acuerdo.

Para ello, el profesor nos leyó poemas de Fernán Silva Valdez y cada uno debía pasar lo que se imaginaba a su “obra”. A mí me tocó “La tapera”, y me alegré porque ya me la estaba imaginando.

A los pocos días ya todos habíamos terminado los trabajos y allá marchamos a preparar la exposición que estaría por cinco días ¿dónde? En el Club Concordia, otra vez ofreciéndonos su amplio salón.

Aún tengo guardado por ahí, en algún lugar, mi dibujo.

Fue muy lindo ver cómo cada día que duró la exposición siempre hubo grupos de personas recorriendo cada cuadro. ¡Nos sentimos verdaderos “artistas”!

Y así el Club Concordia siempre estaba a la orden para toda clase de actividad.

Allí se realizaban conferencias, charlas, se reunía el Rotary Club, se daban los exámenes de piano. Venían de Montevideo profesores de dos conservatorios. El primero fue el de los Giucci y después el Kolischer. Año tras año nos presentábamos hasta que terminamos la carrera y mis tías vieron sus esfuerzos dando frutos.

Hasta hoy suelo sentarme al piano y me dejo llevar por cada partitura, a través de los años, viendo a cada uno de los que estudiábamos, y sintiendo sus voces y las de mis tías dando las instrucciones.

A veces pienso también que si uno entrara hoy al querido Club Concordia, sentiría encerrada entre sus paredes aquellos estudios que se oían año a año dejando el aire impregnado de música.

Club Concordia: ¡Lo máximo!

Pero cuando se ponía realmente activo nuestro Club era los jueves y los fines de semana.

El jueves desde la mañana, recorría el pueblo un auto con parlante anunciando las películas que se pasarían esa noche. ¡Se llenaba!

Los sábados igual. ¡Y los domingos eran lo máximo!

Tempranito de la tarde teníamos la ”matinée”, con una película tras otra, de vaqueros, de aventuras, dibujos, cómicas, etc. Pero a las seis se terminaba; se retiraban las hileras de butacas y se ponían mesas y sillas, porque a las siete empezaba “la vermouth”, con su orquesta en el fondo del salón y la pista despejada para los bailarines. También se llenaba.

De la orquesta recuerdo a Rémolo Maffioli, con su bandoneón y a Otto Sadner tocando el violín y otros cuyo nombre lamento no recordar. Sí recuerdo que a determinada hora tocaban un pasodoble (ya me acordaré algún día cómo se llamaba) y que era la señal de que se terminaba el baile y había que salir ligerito para que nuevamente se quitaran las mesas y sillas y se pusieran las hileras de butacas porque venía el cine.

Y así se hacía. La gente iba apurada a su casa, cenaba corriendo y volvía para ver las películas anunciadas en las calles con el altoparlante, como todas las semanas.

¿Habría un lugar más receptivo para aquel pueblo?

Era aquel, el Club Concordia, el punto de reunión para todos, para distintas cosas que animaban a la gente a estar activos, a verse, a divertirse, a dar servicios siempre que se necesitaba. Allí se hacían desde las kermeses de la escuela y el liceo hasta fiestas de quince años. ¡Y teatro!

Club Concordia… Con su cantina, su billar… ¡Y sus helados de cucurucho!

Un pilar firme a través del tiempo donde apoyar la inquieta sociedad de mi pueblo querido.

Por lo que he visto, está en buenas manos, muy remozado y eso porque sigue siendo, aunque parezca contradicción, el mismo Club Concordia. Siempre y a lo largo del tiempo tan querido.

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Imagen del Club durante la realización del Raíd Federado Libertad o Muerte

* El Club Concordia fue fundado el 25 de Marzo de 1906 e inaugurado el 12 de Octubre de 1906.

Isabel Hernández

Isabel.Hernandez.Tibau@gmail.com

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